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Palestiina, un pueblo que resiste

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Palestina un pueblo que resiste

Del 29 de noviembre y la dignidad palestina

Alejandro Marínez Lira

En 1977, con la resolución 32/40, la Asamblea de la Organización de la Naciones Unidas (ONU) exhortó a celebrar el 29 de noviembre como el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. El 29 de noviembre: sí, el mismo día, pero de 1947, en que la misma ONU aprobó la Resolución 181, la cual dividió el territorio palestino, – como sucede, cuando se piensa desde arriba, sin consultar a los habitantes originarios – , y agudizó más los conflictos existentes entre la población nativa, los vecinos de otras naciones árabes con los recién llegados colonos judíos europeos, generalmente sionistas.
El Sionismo, no está de más aclarar, no es judaísmo. El Sionismo es una doctrina nacionalista y supremacista que se fortaleció a finales del siglo XIX, gracias a la pluma de Theodore Herzl y, ante todo, a través de su libro El Estado Judío. En el que se plantea que, como respuesta a la discriminación y al desprecio europeo hacia los judíos, era necesaria la creación de un Estado exclusivo para ellos.
Las ideas proliferaron, ante todo, en la la burguesía judía, y contaron con la simpatía y el apoyo del imperio británico. Para este proyecto, entre los territorios a la vista, se encontraba Argentina y algunas regiones de África, por ejemplo, sin embargo, se optó por Palestina, en ese momento – es decir a finales del siglo XIX y principios del XX–, bajo el dominio turco. Se compraron algunas tierras donde habitaron algunos colonos sionistas. Con la derrota del imperio turco durante la Primera Guerra Mundial , Palestina pasó a formar parte del Protectorado Británico, con lo que la llegada de judíos sionistas aumentó notablemente. Durante la Alemania Nazi, la Organización Mundial Sionista pactó con el gobierno de Hitler para el traslado de miles y miles de judíos hacia Palestina.
Mientras tanto, en Palestina los despojos contra la población nativa fueron cada vez más descarados. Los sionistas organizaron grupos armados, bandas criminales como Irgun, Leji o grupo Stern y Haganá – dicho sea de paso, estos grupos son la base del actual ejército israelí – las cuales, violentamente, despojaron de tierras a los palestinos, asesinaron, crearon un ambiente de terror, ya no sólo a la población originaria, incluso, contra el mismo imperio británico, ya que éste también les estorbaba para la creación de un Estado puramente judío. Ahí está, por ejemplo, el atentado contra el Hotel Rey David, en Jerusalén, que dejó 91 muertos, en 1946, ya terminada la Segunda Guerra Mundial.
El descontento de la población palestina fue alto y las protestas contra la violencia sionista aumentaba. La violencia del sionismo, por otro lado, ya era incontenible para los británicos, por lo que se decide ceder Palestina a la recién formada ONU, la cual decidió la partición del territorio en un Estado árabe y un Estado judío: la Resolución 181.
En mayo de 1948 se fundó el Estado de Israel. Al Nakba, el Desastre, comienza. La población originaria de las tierras palestinas nunca fue consultada sobre esta resolución y, por una orden que llegaba de las alturas, se enteraron de que su territorio ya no les pertenecía, sus tierras con sus recuerdos familiares, con sus amores y historias eran despojadas. Violentamente los sionistas israelíes, armados, expulsaron a decenas de miles de palestinos de sus tierras. Un poco antes, el 9 de abril, las bandas sionistas masacraron a más de 300 palestinos en Deir Yassin, para provocar terror entre la población y obligarla a abandonar sus hogares.
El éxodo palestino comenzó. A finales del mismo 1948, los sionistas bombardearon civiles en Jerusalén. Las masacres continuaron: Villa de Sharafat en 1951; Villa Qubiya en 1953; en Al Sammout, en 1966; en la Villa de Hanin y Bint Jbeil, en 1976; en la mezquita de Sohmor y en otras villas en 1984; en 1996, se registraron masacres en seis aldeas cercanas a Jerusalén; en el 2002, la terrible masacre en el campo de refugiados de Jenin, que obligó a la ONU a condenarla, pero sin sancionar, al Estado Israelí; las recientes masacres en Gaza durante el 2008, 2012 y 2014; y otras tantas que se tienen registradas y que muestran un sistemático acto de genocidio contra el pueblo palestino.
Entendamos bien el término genocidio, acuñado por la Convención de 1948 para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, que en su artículo segundo dice:
“En la presente convención, se entiende por genocidio como cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:
“a) Matanza de miembros del grupo;
“b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;
“c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;
“d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;
“e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo”.
Es decir, son caracterizadas como “genocidio” todas y cada una de las acciones que el Estado sionista ha perpetrado contra un pueblo.
Es más que evidente que el pueblo palestino está resistiendo un genocidio perpetrado por el Estado Sionista de Israel. El palestino es un pueblo que se niega a dejar de existir, que ama la vida, y que, mientras los sionistas destruyen sus olivares – uno de los símbolos de la identidad palestina– su población inmediatamente siembra más; con los cascos de las bombas con que son bombardeados, crean macetas donde siembran flores; los terribles e inmensos muros que sobrepasan al Apartheid sudafricano, que aísla y arrincona a la población palestina, no se escapan de los murales, de los grafiteos que gritan libertad; los niños, las niñas, enfrentan el terror con la risa, esa risa que no les han podido robar; se crea música, poesía, se estudia. Palestina, pese que en los mapas oficiales no aparece ese nombre, está dentro de la geografía de la dignidad.