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Una necesaria reorganización del pensamiento emancipatorio.

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Una necesaria reorganización del pensamiento emancipatorio.
Sergio Rodríguez Lascano

El concepto de estrategia fue clave para la elaboración teórica de los revolucionarios de finales del siglo XIX y principios del siglo XX y de alguna manera ha sido heredado hacia los que se reclaman de la izquierda revolucionaria en la actualidad.
El anunciado y anhelado regreso de la política como preeminencia de lo social ubicaba de alguna manera la vuelta de los debates estratégicos, en la que la vaguedad de los conceptos (lo Otro, lo alternativo, lo alter, los movimientos por consenso, lo diferente, etc.) sería sustituida por la precisión de una serie de ideas fuerza de estrategia revolucionaria. Bueno, por lo menos creo que ese fue el último combate de Daniel Bensaid, con resultados no muy buenos.
Claro de una manera un poco exagerada él responsabilizaba de la pérdida de horizonte estratégico a una serie de filósofos, como Deleuze, Foucault, Guattari, etc. Creo yo que se equivocaba. Los filósofos no han hecho otra cosa que interpretar al mundo (mal creo yo). El problema no estaba ahí sino en quienes querían responder a la otra parte de la onceava tesis sobre Feuerbach de Carlos Marx: los que buscaban y querían transformarlo.
Esos filósofos nunca fueron, y creo que no lo serán, seguidos por grandes sectores sociales, posiblemente en la academia sí, pero no en el movimiento. En cambios los de abajo sí vieron pasar frente a sus ojos los procesos de conversión hacia la derecha de las grandes organizaciones proletarias, en especial los partidos, sean los llamados reformistas o revolucionarios.
Los revolucionarios de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en especial Lenin, elaboraron una concepción estratégica que estaba basada en los cambios que se estaban produciendo en la conformación del capitalismo. Esta formación social había sufrido una revolución en sus relaciones de producción que habían permitido cinco procesos claves: la dinámica de centralización del capital que permitió el desarrollo de los monopolios, la concentración de las cadenas productivas permitiendo la creación de las ciudades fábricas, el reparto del mundo precapitalista por medio de la dominación directa (simplemente hay que revisar un mapa de lo que era el mundo hacia finales del siglo XIX), la importancia del Estado-Nación por parte de los países dominadores como herramienta para abrir brecha para que el capital avanzara en su conquista y reparto del mundo, el surgimiento del capital financiero (entendido como fusión del capital industrial con el capital bancario). Es decir el surgimiento del imperialismo como una nueva fase del capitalismo (la superior dijo Lenin).
Frente a esta nueva fase del capitalismo esos revolucionarios elaboraron una teoría de la conciencia y de la organización (no es el objetivo del artículo elaborar un juicio de valor sobre la misma, simplemente buscamos establecer un lazo que vincule esa teoría con una forma de buscar aprehender la realidad).
Entonces no hay que buscar la orfandad estratégica de la izquierda en unos cuantos filósofos. Mejor será buscar explicar las modificaciones que se vivieron en las formas y mecanismos de la acumulación capitalista, en su reproducción ampliada, en la destrucción de las ciudades industriales, en la nueva conformación de la clase obrera, no sólo en su ubicación geográfica (hoy la mayor parte, pero con mucho, se encuentra en lo que en la prehistoria –es decir el siglo XX- se conoció como tercer mundo) sino en la forma en que fue fragmentada su organización, su cultura, su vida comunitaria; con la aparición del trabajo precario o del outsourcing, o de los contratos de protección (eso creo que no lo conocen en Europa, pero no tengo duda ya lo conocerán: antes de que haya trabajadores, instalaciones, sindicato, el contrato se establece con un bufete de abogados, el cual tiene la representación sindical sin que lo sepan los trabajadores), en la destrucción de los Estados Naciones, que en el caso de Europa, en el siglo XX, habían asumida la forma del llamado Estado Benefactor y, sobre todo, con un nuevo tipo de capital financiero que ya no es simplemente la suma del capital industrial con el capital bancario sino que ahora también son socios los que cuentan con un ejército de ingenieros financieros que llevan a cabo robos abiertos al conjunto de la población, el capital producto del crimen organizado, la utilización de todo, incluida la ecología para robar, un ejemplo son los bonos de carbón, los cuales tienen un valor absolutamente diferente en Chicago que en Europa, o con el desarrollo de un circulo en expansión de las deudas que permiten que en 2016 la deuda mundial representaba el 286 por ciento del Producto Interno Bruto Mundial.
Frente a estas modificaciones la izquierda en casi todo el mundo llegó a la conclusión que tenía que cambiar su horizonte estratégico: la izquierda reformista se volvió completamente neoliberal (social-liberal) y la revolucionaria, la mayoría, se convirtió en keynesiana en teoría, pero conforme se aproxima al poder se parece cada vez más a la social-liberal. El ejemplo de Syriza no tiene desperdicio, lo mismo que de los gobiernos progresistas de América Latina.
Creo que lo que marca el cambio esencial, para poner un ejemplo, en el campo de la izquierda es la transformación-desaparición del Partido Comunista Italiano (algo un poco más importante en el terreno social que los filósofos antes mencionados). Pier Paolo Pasolini utilizó una expresión que reflejaba con exactitud lo que era Italia, el decía que el PCI “era un país dentro de un país”. Ese partido contaba con una maestría gigantesca para administrar al “país de abajo”, tanto para evitar que fuera aplastado por los de arriba como para contenerlo en su confrontación con el capital.
No deja de ser un poco patético que lo que hoy existe en Italia sea es el del Movimiento de las 5 Estrellas, del comediante Beppe Grillo. El cual no sólo ha casi eliminado a la vieja extrema izquierda italiana sino que le disputa la condición de ser el partido más votado al partido del gobierno (el Partido Democrático, conformado en su mayoría por el ex PCI). Este movimiento acaba de ganar la Ciudad de Roma y la de Turín, el viejo centro industrial de Italia. En ningún momento se pronuncia en contra del sistema capitalista, en cambio centra todas sus baterías en el sistema de partidos, en particular en la corrupción y su necesaria “purificación”, tiene una posición sobre Europa que él define como escéptica. Beppe Grillo es un cómico y bloguero (el más exitoso de la lengua italiana) que dedica todo su esfuerzo a realizar discursos moralistas y a demonizar a todos los que no están de acuerdo con él.
Pero no es muy diferente de lo que sucede en el caso del Estado Español. Cuando el líder de Podemos señala: “Nosotros aprendimos en Madrid y Valencia que las cosas se cambian desde las instituciones, esa idiotez que decíamos cuando éramos de extrema izquierda de que las cosas se cambian en la calle y no en las instituciones es mentira” (Pablo Iglesias, 18 de julio de 2016). Quizá sin saberlo repetía una frase Luis Inacio da Silva, Lula, casi inmediatamente después de que ganó por primera vez la elección a la presidencia en Brasil, cuando declaró: "Las cosas van cambiando según la cantidad de canas y de responsabilidad que tiene uno (...). Una persona muy anciana que es de izquierda tiene problemas, así como un joven que es de derechas tiene problemas". O sea todo se reduce a un problema de edad. Un poeta mexicano, desgraciadamente ya muerto, dijo una frase que pinta de cuerpo entero a los que piensan así: “Hoy somos lo que tanto odiamos”.
Una cuestión similar sucede en Francia con Jean-Luc Mélenchon, del Frente de Izquierda, cuando dice: “Una Europa de la violencia social, como la vemos en cada país cada vez que llega un trabajador migrante, que roba su pan a los trabajadores del país en cuestión” (Intervención de este eurodiputado y candidato presidencial en el Parlamento Europeo el 5 de julio de 2016, reproducido en Le Monde el 13 de julio, bajo el título “Qué mosca le picó”, en el que se agrega lo siguiente: “Esta retórica cercana a la de la extrema derecha, que opone a los trabajadores a otros trabajadores, los primeros vienen del exterior a “robar el pan” a los segundos es sorprendente en la boca del diputado europeo que siempre se ha declarado “internacionalista y humanista”.
Pero alguien podría decir que estas son simples declaraciones pero el asunto es de mucho mayor fondo. Tratemos de explicarnos.
A principios del siglo XXI, el debate del poder se inició y creo que estuvo mal ubicado. Las posiciones se polarizaron sin atenerse a la nueva realidad del capitalismo.
La vieja concepción de la izquierda revolucionaria no se resumía en la idea de tomar el poder para transformar el mundo. Había un paso previo que, de hecho, fue el punto que dividió las aguas entre ella y lo que se conoció como la izquierda reformista. Para la primera un paso paralelo a la toma del poder era la destrucción del poder burgués existente, en especial de su estructura militar e institucional, es decir, del aparato del Estado burgués. La segunda soñaba con un cambio sin ruptura como producto de un crecimiento electoral, las barricadas debían de ser sustituidas por las urnas.
No entraré al fondo de este debate. Sólo quería destacar que ambas tenían una concepción vanguardista y querían o decían querer construir una sociedad socialista. Entendían que el poder era una relación social y que era indispensable expropiar el poder político a la burguesía, destruir el viejo aparato de estado, decían unos. Permitir su transformación decían otros. No simplemente llegar al gobierno u ocupar la administración pública, aunque la izquierda reformista se fue adaptando cada vez más a la idea de administrar el poder.
Hoy no es claro cuál es la disyuntiva de las izquierdas. A veces parece no haber ninguna. Los hechos muestran que quienes dicen que es indispensable tomar el poder para cambiar al mundo lo hacen como una coartada simplemente para controlar la administración pública.
Al final el problema que se plantea es el siguiente: ¿de qué poder hablan?
La confusión es extrema: “poder” es igual ¿A ganar una, dos, tres, elecciones? ¿A tomar el gobierno? O, peor ¿A ganar la administración pública? ¿A tener una fracción parlamentaria que refleje el 10 por ciento de los votos?
Algunos dirán que se trata de tomar el gobierno para desde ahí cambiar la correlación de fuerzas y posteriormente llevar a cabo una serie de cambios estructurales que den paso a la construcción de otro Estado y otra sociedad.
Pero la estrategia de una buena parte de la izquierda y sus teóricos no es tomar el poder para cambiar el país o el mundo, sino cambiar la administración sin tocar el verdadero poder.
Podríamos poner un sin número de ejemplos, desde las perspectivas estratégicas del llamado socialismo del siglo XXI, hasta la imposibilidad objetiva de derrotar al capital desde la administración o el gobierno.
Hace apenas un año, un intelectual de Syriza, partido de la izquierda griega en el gobierno, dijo: “Tomar el poder sin dejarse tomar por él”. Para luego agregar: “Creo que ahora hemos visto los límites de esa estrategia. Hemos visto que esas instituciones europeas no son receptivas ante el argumento político, democrático, que sostiene ‘somos un gobierno electo con un mandato que cumplir’, ustedes son nuestro banco central y lógicamente nosotros esperamos que hagan su trabajo y nos permitan llevar a cabo el proyecto por el que fuimos votados”.
Sí, parece que al nuevo capital financiero ni la soberanía de un país, ni las lecciones democráticas, ni los referéndums, ni un gobierno democrático de izquierda o de derecha le importan en lo más mínimo.
Lo mismo o algo más complicado se puede decir de la llegada a la administración pública del Movimiento al Socialismo en Bolivia, del Frente Amplio en Uruguay, de Rafael Correa en Ecuador (donde ni siquiera podemos hablar de un partido), de Hugo Chávez y Maduro en Venezuela, para no hablar del caso patético de Daniel Ortega en Nicaragua.
Ganar para mantener una economía extractiva y expropiar a las comunidades indígenas con discursos que recuerdan las peores épocas del caudillismo, pero expresados por un dirigente indígena, como constantemente ha pasado con Evo Morales.
O lo dicho por el viejo dirigente tupamaro, José Mujica, cuando señaló que la burguesía era como una vaca y que, como se sabe, lo peor que se puede hacer es matar a la vaca, de lo que se trata es de ordeñarla. La idea de que la burguesía es una vaca es un buen chiste bucólico digno de una novela pastoril. Primero sería interesante saber quién es la burguesía nacional en cada uno de los países de América Latina. Más en un país como Uruguay donde el sector fundamental de capital es el bancario, que arropa o, más bien arropaba, a buen número de fortunas de brasileños, argentinos, etc. La idea de que la burguesía es una vaca es terrible, cuando en la realidad esa vaca no ha dejado de ordeñar y muchas veces matar a sus supuestos ordeñadores.
Muchos años después del golpe militar sangriento de Pinochet, éste hecho se convirtió en un síndrome en el pensamiento de la izquierda. La idea es simple, no se puede gobernar con un programa de izquierda, confrontado contra los centros de poder económico internacionales y locales, de lo que se trata es de gobernar en los márgenes del neoliberalismo, es decir en las zonas todavía no declaradas como inválidas por los teóricos del pensamiento único, a saber: el terreno limitado, más aún limitadísimo, de algunos aspectos de la esfera de la distribución del ingreso. Los programas contra la pobreza no son mal vistos por el Fondo Monetario Internacional o por el Banco mundial, siempre y cuando se hagan en los márgenes del modelo y se mantengan intocadas las variables fundamentales del modelo de acumulación.
Por lo tanto, la izquierda que busca ganar las elecciones tiene que otorgar una serie de promesas al capital financiero internacional y a sus aliados nacionales. Si uno revisa las propuestas para gobernar desde la izquierda parecería que todos plantean como un elemento ya dado la existencia del capitalismo como tal y entonces no se pasa nunca de la esfera arriba señalada.
Y, junto con esto, está otro aspecto que yo considero central, se tiene la convicción de que lo único viable es gobernar de la misma manera que la derecha. Con las mismas instituciones, con la misma justicia, con los mismo medios de comunicación (o con peores), con las mismas fuerzas armadas, con la misma policía, con el mismo sistema educativo, con la misma estructura unipersonal (sea bajo el sistema presidencial o de primer ministro).
Nada que se genere abajo, por medio de nuevas estructuras de gobierno que partan de la auto-organización, la autogeneración de los sujetos y la autogestión productiva. Y, con el perdón de todos, si las herramientas con las que se piensa cambiar al mundo son las mismas que ha utilizado la burguesía para garantizar su dominación y todo se apuesta a que la diferencia se ubica en la bondad de tal o cual individuo de izquierda que gobernaría, entonces inevitablemente lo único que se lograría sería reproducir la idea de que la acción de gobernar y la política misma están reservado a un puñado de especialistas que ocupan el proscenio, y el hombre común a lo más que puede aspirar es a recibir “democráticamente” los mendrugos que caen de la mesa del poder económico (que es intocado) y a agradecer con la cabeza baja la bondad de gobernantes tan nobles.
Creo que eso no tiene nada que ver con los proyectos estratégicos que partían de la premisa de que la liberación de los trabajadores sería obra de los trabajadores mismos.
Y claro, creo que sería conveniente, en medio de los festejos de los 100 años del estallido de la revolución rusa, recapacitar sobre lo que fue el planteamiento estratégico de dicha revolución, de todo el poder a los sóviets y reflexionar sobre cuál fue el significado de cuando todo eso cambió a todo el poder al partido bolchevique. Claro, había una guerra, la revolución se quedó aislada, hubo una clase obrera partida y dominada en su mayoría por la socialdemocracia. Pero, ese paso del poder de los sóviets al poder del partido es algo que requiere de una preocupación profunda porque representa un salto epistemológico negativo en la teoría de la emancipación.
En las épocas de gloria de la izquierda revolucionaria se decía que de nada servía ganar el poder político si no se hacían incursiones despóticas contra el mercado capitalista y contra la ley del valor. Parece que ahora se trata de hacer incursiones despóticas a la administración pública, generar un sector burocrático corrupto hasta el tuétano, acusar a la extrema derecha del descontento social y tratar de perpetuarse en la administración.
La teoría del conflicto fue así sustituida por la teoría de la discrepancia. Una buena parte de la izquierda revolucionaria, sobre todo en América Latina pero no sólo, acabó formando parte de la clase política, adoptando sus códigos, ajustándose a sus tiempos y aceptando, como único espacio de confrontación, las urnas.
Todo lo hasta aquí descrito forma parte de una nueva guerra mundial, ésa que unifica la economía, la política y la guerra, la más terrible de todas: contra la vida (no simplemente contra una clase) y por la ganancia. No contra tal o cual país, sino contra todos los trabajadores del campo y la ciudad, pero también en contra de los sin trabajo, sin techo, sin papeles, sin...
“En la época moderna el Estado Nacional es un castillo de naipes frente al viento neoliberal. Las clases políticas locales juegan a que son soberanas en la decisión de la forma y altura de la construcción, pero el Poder económico hace tiempo que dejó de interesarse en ese juego y deja que los políticos locales y sus seguidores se diviertan… con una baraja que no les pertenece. Después de todo, la construcción que interesa es la de la nueva Torre de Babel, y mientras no falten materias primas para su construcción (es decir, territorios destruidos y repoblados con la muerte), los capataces y comisarios de las políticas nacionales pueden continuar con el espectáculo (por cierto el más caro del mundo y el de menor asistencia).

“En la nueva Torre, la arquitectura es la guerra al diferente, las piedras son nuestros huesos y la argamasa es nuestra sangre. El gran asesino se esconde detrás del gran arquitecto (que si no se autonombra ‘Dios’ es porque no quiere pecar de falsa modestia).
Es en este marco, creo yo, que se ubica la propuesta del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y del Congreso Nacional Indígena en medio de la coyuntura electoral de 2018 en México, que tiene, entre otros los siguientes elementos.
a) La propuesta la formuló el EZLN al Quinto Congreso del Congreso Nacional Indígena (CNI) y consistía en proponerle llevar a cabo varias cosas que ahora están precisadas en el comunicado titulado. Una historia para tratar de entender. “Por eso les proponemos que el CNI forme una Junta de Gobierno Indígena (así se llamaba en nuestra propuesta original; ya en asamblea, y a propuesta de una delegación indígena magonista de Oaxaca, pasó a llamarse “Concejo Indígena de Gobierno”), un colectivo, formado por delegados del CNI, que aspire a gobernar el país. Y que se presente a las elecciones presidenciales del 2018 con una mujer indígena del CNI como candidata independiente.
Es decir, nunca se trató de lo que por semanas se discutió y exacerbó el ánimo de mucha gente”. (Una historia para entender: comunicado zapatista aparecido el 17 de noviembre)
b) Una vez que los delegados del CNI decidieron llevar a sus barrios, tribus, pueblos y naciones esta propuesta se volvió de su propiedad.

Ahora quiero dar mi opinión sobre todo este debate de los tiempos y los calendarios: esta propuesta, han señalado los compas zapatistas, no significa un giro ni de 180 no de ningún grado. Posiblemente para los que se inventaron un zapatismo y lo difundieron por el mundo como la esencia del zapatismo, pues la propuesta sí represente un problema. Pero para cualquiera que revise la historia del zapatismo la conclusión es lógica. No se trata de ningún giro.
No tan sólo está lo más obvio, que insisten en que su lucha no es por tomar el poder (que algunos han confundido con que eso significa que no hay que luchar por acabar con el poder del capital y sus derivados y construir una nueva relación social, tipo la Juntas de Buen Gobierno donde el pueblo manda y el gobierno obedece)
Tampoco se busca establecerse en la institucionalidad burguesa. Una vez más, el calendario y el tiempo que se escoge no lo pone el poder del dinero. Se decide autónomamente. En este caso, coincide con una fecha en que hay elecciones, pero el contenido de la propuesta y de la acción es escogida de manera autónoma por los pueblos indígenas que decidirán sobre la propuesta zapatista.
¿Un concejo indígena de gobierno es una propuesta que respeta el sistema presidencial unipersonal? ¿Atenta o no contra la forma de organización del dominio capitalista?
Y no se trata de pensar que alguien por ser indígena no pueda tomar acciones en favor del capital —el ejemplo de Evo Morales es revelador—. Pero la fórmula Evo-Álvaro, en Bolivia, perpetuaba la forma de organización del dominio. No se buscaba trastocar desde la raíz la forma de gobernar, más aún, en el inicio declararon que lo buscaban era construir el “capitalismo andino”. Y cuando discutieron la elaboración de la nueva Constitución y la forma en que se debía organizar el gobierno rechazaron explícitamente la conformación de un Concejo de gobierno para perpetuar el mando personal, que tan ajeno resulta a la tradición de los pueblos indígenas.
El planteamiento del Concejo Indígena de Gobierno juega un carácter ejemplar —creo yo— estamos hablando de un movimiento con 20 años de existencia, el único que se desarrolla al margen del Estado y sus tentáculos y con más de 500 años de lucha y resistencia.
En ese sentido se trata de vincular tres procesos: avanzar en la organización de los de abajo; promover una forma de gobierno que rompa con las formas tradicionales de la democracia burguesa y que se generen mecanismos que permitan una respuesta mucho más claramente anticapitalista que detenga el proceso de destrucción y la forma de dominio que el poder del dinero ha aplicado en los últimos 30 años.
Finalmente, el símbolo es fuerte. Una mujer indígena. Una mujer indígena pobre, que está acostumbrada a luchar por sus derechos, a hacerlo siempre de manera colectiva con el objetivo de buscar la construcción de un mundo parejo, que lucha contra la explotación, el despojo, el desprecio, la represión, que defiende su tierra y su territorio, que trabaja por una relación diferente con la naturaleza.
¿Por qué digo todo esto, si todavía no se sabe quién sería nombrada si las asambleas de los barrios, las tribus, los pueblos y las naciones del Congreso Nacional Indígena aceptan esta propuesta y la enriquecen? Pues porque sea quien sea, estas características son las que han permitido la construcción del mundo comunitario de los pueblos indígenas mexicanos que están dentro del CNI y también porque esta ha sido la lucha de las mujeres indígenas que se han ganado su espacio como producto de su voluntad de modificar su situación específica como mujeres siempre de manera colectiva.
Lo que nosotros tenemos que averiguar (quizá sería bueno que la izquierda mundial prestara alguna atención) es cuál va a ser nuestro papel en esta gran campaña anti-electoral. ¿Será exigir tener diputados locales o senadores? ¿Será el que nos acepten como asesores ya que andamos cargando un cartelito que dice: “se asesoran movimientos”? ¿Será usar la campaña como moneda de cambio para que nos den más créditos de vivienda o algunos carros de hotdogs). O, ¿Será ponernos a disposición del Concejo Indígena de Gobierno y de su candidata para poner nuestro grano de arena en esta gran tarea de construir una nueva casa, diferente a la casa que se está viniendo abajo del capitalismo? ¿Será que al conocer su sabiduría aprendamos del Concejo y su candidata para avanzar en los moleculares procesos de organización en los que estamos involucrados?
Yo me inclino por las dos últimas, creo que podemos construir algo nuevo que aprenda que los 7 principios del CNI-EZLN:
1)-Servir y no servirse.
2)- Representar y no suplantar.
3)-Construir y no destruir.
4)-Obedecer y no mandar.
5)- Proponer y no imponer.
6)-Convencer y no vencer.
7)- Bajar y no subir.

No hay para dónde hacerse, lo siento, pero los que suspiran y aspiran a la reinstauración del viejo Estado Benefactor, lo hacen por algo que ya pasó y no volverá. Su “íntima nostalgia reaccionaria” no hace sino vestirlos de cuerpo entero. Ellos no están contra el capitalismo, sino contra sus excesos.
El capitalismo es como es, es decir: inhumano. Es una tarea muy ingrata proponerle al pueblo que se organice, luche y se confronte simplemente para que el Estado recupere la rectoría en la economía sin tocar las bases de la explotación, es decir, la relación trabajo asalariado-capital y sin tocar la economía corta cupones que significa la financiarización.
Parafraseando un planteamiento de Michel Lowy: Actualmente, en el mundo, el rey no es un Borbón o un Habsburgo o un Windsor, o un Hohenzollern, o un Hannover, sino el capital financiero. En éste se encuentran subsumidos los grandes capitales industriales, la burbuja especulativa, el dinero de la industria de la droga, los secuestros, los tráficos de seres humanos, de órganos, las deudas públicas y privadas y el capital de las grandes multinacionales del despojo. Todos los gobiernos actuales son sólo palafreneros de ese monarca absolutista, intolerante y antidemocrático. Esos palafreneros a veces pueden ser de derecha, “centro-derecha o centro-izquierda” o seudoizquierda… todos sirven sumisamente a su majestad. La total y absoluta soberanía reside, en el mundo actual, en el capital financiero global.
“En nuestro sueño, el mundo es otro, pero no porque algún “deux ex machina” nos los vaya a obsequiar, sino porque luchamos, en la permanente vela de nuestra vela, porque ese mundo se amanezca. Nosotros, los zapatistas, sabemos a cabalidad que no tendremos, ni nosotros ni nadie, la democracia, la libertad y la justicia que necesitamos y merecemos, hasta que, con todos, la conquistemos todos.
Con los obreros, con los campesinos, con los empleados, con las mujeres, con los jóvenes.
Con aquellos que hacen andar las máquinas, que hacen producir al campo, que le dan vida a las calles y a los caminos.
Con aquellos que, con su trabajo, preceden al sol cada día.
Con aquellos que siempre producen las riquezas y hoy sólo consumen las pobrezas.
Nuestra lucha, es decir, nuestro sueño, no termina” (Marcos S I, “La velocidad del sueño tercera parte: pies desnudos”).